25 julio 2007

Maxim´s, La leyenda de París

Probablemente hay en el mundo tantos cafés, res­taurantes y sitios nocturnos que se llaman Maxim's co­mo hay hoteles con la palabra "Ritz' en su rótulo. Sin duda nunca ha habido otro restaurante del que se ha­yan contado tantas historias. Aquí tengo un ejemplo reciente:
Un joven trances, recién llegado a París tras su ser­vicio militar en el norte de África, es invitado por su potentada tía a comer a Maxim´s. Es la primera vez que va, y su tía se alegra de antemano por compartir el placer de la experiencia. El se queda callado y ella se ve obligada a preguntarle que le parece.
"La comida es excelente", responde educadamente.
“Claro, la comida", dice ella encogiéndose de hombros "Si, es buena. Pero no se viene a Maxim's simple­mente por la comida. Es el ambiente. ¿No lo encuentras maravillosamente simpático?"
"Francamente, mi querida tía, no. El decorado esta pasado de moda, es feo. Como se puede esperar en un sitio tan caro, la mujeres van bien vestidas, pero en ge­neral -y perdóname- no son de mi generación. Los hombres son evidentemente ricos, ¿pero que más tie­nen de bueno? La comida es excelente, pero me dices que no es lo importante de Maxim's. ¿Que es enton­ces? , ¿Ser visto aquí? Encuentro absurdo y un poco triste ese anticuado snobismo."
La tía se crispa. "El norte de África te ha hecho in-sensible. No entiendes nada."
"No, no lo entiendo. Me lo tendrás que explicar”. ¿Por qué la gente sigue viniendo a un sitio así?"
"Vienen," contesta la tía con una simplicidad triun­fante, "porque es un lugar donde la gente ha sido feliz durante sesenta años."
El sobrino se queda anonadado. Claro que podría haber contestado que es tan posible amar como odiar en un restaurante, independientemente de la calidad de la comida: pero las anécdotas de Maxim's nunca terminan de esta manera.
Así empezó el mito
A principios de 1890 la planta baja del numero tres de la rue Royale fue ocupada por un heladero italiano llamado Imoda, que se especializó en algo que el lla­maba "helado de jugo de carne". Tenía un escaso ins­tinto de conservación, y el catorce de julio fue lo suficientemente torpe como para decorar su tienda con la bandera alemana. El resultado fue que la mu­chedumbre patriótica tomó por asalto el local y lo des­trozó. Poco después el negocio quebró. No se supo nada más del italiano ni, gracias a dios, de su helado de jugo de carne.
En 1892, un camarero llamado Maxime Gaillard abrió allí un café. Era el primer intento comercial de Maxime, con un socio llamado Georges. No tenían casi capital -un vendedor de vinos, una bodega y otros proveedores les habían concedido crédito- y las cocas fueron mal desde el principio. El público no quería sentarse en la calle Royale, prefería el ambiente mas movido de los Grands Boulevards. Al cabo de un año el negocio había fracasado, Georges se había ido, y Maxime se asoció con dos profesionales de mas cali­bre, uno era cocinero, el otro maître d'hotel. El cocine­ro era Chauveau. El maître, Eugene Cornuche.
En 1893, tras redecorar el local con sillas y mesas compradas en una subasta, abrieron el restaurante. En esa época imperaba la moda de los anglicismos, así que añadieron el genitivo sajen al nombre del funda­dor, "Maxim's". Y ahí termina prácticamente toda la re­lación de Maxime Gaillard con la empresa. Dos años después murió de tuberculosis.
Se han aventurado numerosas razones para expli­car el fulgurante éxito del Maxim's. Una historia ha­bía de la intervención de una demi-mondaine. Mademoiselle Irma de Montigny. El lugar de tertulia de lo que ahora se llama - aunque no en Francia- so­ciedad de café era el Webers. Parece ser que una noche su maître olvido reservar una mesa para Irma y ella, furiosa, se lanzo calle abajo hasta Maxim's v arrastro consigo a todos sus amigos.
Otra versión cuenta que la populari­dad de Maxim's se debe a un comerciante de azúcar. Max Lebauch, que recibía allí a sus opulentos amigos. Su gusto inefable a la hora de seleccionar compañeras para sus invitados se atribuyo a la dirección de Maxim´s, y aseguro un flujo constante de nuevos clientes valiosos.
Puede que sea verdad. Es cierto que Mademoiselle de Montigny y Monsieur Lebaudy contribuyeron al prestigio de Maxim´s. Pero la razón de su éxito final es más sencilla. Fue dirigido por dos hombres excepcionalmente listos y capa­ces; y estaba en el lugar adecuado en el momento justo.
Con el cambio de siglo, la Gran Exposición de París -esa Feria Mundial- marcó un periodo breve en la historia social de Francia, conocido como la Belle Epo­que. En machos aspectos fue una heren­cia del opulento, brillante y lujurioso Segundo Imperio, pero tuvo alga propio, especial; una elegancia, una ligereza cor­dial y serena.
Era la época de Paul Bourget y Pierre Loti, de Sarah Bernhardt y Edmond Rostand. del joven Proust y la joven Co­lette, de Renoir. Matisse, Monet, Rodin, Vuillar y Toulouse-Lautrec.
Anatole France escribía con la más profunda levedad desde su villa de Port Said. Salvo para el, era una época de alegría, de cer­teza, de confianza en el orden social y de fe absoluta en que ese estado tan esplendido tenia que perdurar. "La frivolidad", le dijo a un joven la famosa Hortense Schneider. "es el secreto de la felicidad. Yo he sido una mujer frívola. Vengo de una época frívola, la gente frívola es gente feliz. Cuide, monsieur, de man­tenerse frívolo toda la vida".
En la Belle Epoque, si tu nombre estaba en el anuario de Gotha o eras muy rico, o ambas cosas, ese era un consejo sensato. Era también fácil seguirlo. Un caballe­ro podría debutar dirigiéndose hacia Maxim's.
Pero, por supuesto, sin su esposa; ni tampoco en compañía de otra mujer de su circulo social. "Cuando paso frente a Maxim's cierro los ojos, como me dijo mi madre: no es un lugar para un chica respetable". La au­tora de esta frase no era una señorita provinciana e in­genua sino la gran Mistinguette de las piernas fabulosas y del Folie Bergere. Tampoco su desaprobación era del todo piadosa. "Esa reunión brillante de demi-munda­nas, con su dinero, sus joyas y sus amantes reales", continuo resentida, "reino en la sociedad parisina".
Burbujas y plumas
Y así fue. La gente venia de muy lejos solo para ver a las esplendidas cocottes de Maxim's envueltas en sus plumas, joyas y sedas voluptuosas, tomando sorbos de champagne al son de una orquesta de cuerda, entre sofocantes perfumes de lilas, patchuli y almizcle. Allí estaba Carolina Otero, la Bella Otero; solía aparecer tan cargada de joyas y pedrería, regalo de sus admira­dores, que las malas lenguas decían que tenia que ca­minar apoyándose en las mesas. Estaban Alice Gaillard y Manon Loty y Nine Desforets... Y Liane de Pougy, es­coltada por dos siervos árabes, que llego a ser princesa rumana, y Gaby Deslys, la amante del Rey Manuel de Portugal y Emilienne d'Alencon y Jeanne y Anne de Laney y Cleo de Merode -todos tenían nombres tan maravillosos-. A veces era posible vislumbrar la exqui­sita Lily Langtry cuando se precipitaba, velada, desde su coche cerrado a la habitación privada de la primera planta, para su rendez-vous con el futuro rey de Ingla­terra.
La competición entre las mujeres era rabiosa, y con frecuencia desencadenaba momentos de fricción. A Emilienne d'Alecon le irritaban tanto las exhibiciones masivas de joyas de La Bella Otero que una noche hizo una entrada espectacular. Sin una sola joya, pero se­guida por su criada que portaba su joyero sobre un cojín de terciopelo. La broma fue acogida can hilaridad y aplausos. Otero estaba furiosa. Pero el tiempo le concedió la venganza. La Bella se jubiló en el lujo de su villa en Niza mientras Emilienne d'Alecon se casó con un jockey de tres al cuarto y se hundió en el olvido.
Fue poco previsora mientras la mayoría de las da­mas de Maxim's consiguió dorar bien sus nidos. No era demasiado difícil, con una clientela masculina que incluía al Zar Nicolas II, reyes (Victor Emannuel II, Oscar de Suecia, Alfonso XIII, Leopoldo II), grandes duques (Vladimir, Boris, Michael, Dimitri), varios príncipes, la nobleza mas adinerada de Europa y toda una manada de millonarios corrientes. Maxim's era e1 lugar para el despilfarrador pródigo, y hasta que el re­cién llegado sabia manejarse, la dirección estaba siem­pre dispuesta a ayudarle.
Por ejemplo, Hugo, el primer camarero, se mante­nía al día de las distintas liasons de las damas y anota­ba sus observaciones en una libretita negra. Así, la disposición y la disponibilidad de cada una podía ser conocida antes de las presentaciones, evitando de esta manera situaciones embarazosas para ambas partes. Algunas de las discretas anotaciones de Hugo se hicie­ron famosas. RAF significaba "no hay nada que hacer" (Tien a faire). AF (a faire) era lo contrario. PLM desa­consejaba cualquier enlace permanente (tour le mo­ment), igual que el critico FSB (femme seule au bar) y el lamentable E2A (entre deux ages). YMCA (il y a moyen de coacher avec) era el marchamo de aprobación, con precauciones.
Refinados y excéntricos
La excentricidad era tolerada sin parpadear. Los Gran Duques, hombres enormemente desinhibidos, podían hacer el gallito hasta satisfacer sus corazones rusos; y cuando un americano, un tal Mister McFallden, pidió se sirviese a sus invitados una chica desnuda cubierta de salsa rosa, sobre una fuente de plata, ni una ceja se levantó para protestar. Por desgracia no ha quedado en los archivos noticia de la escena en la cocina cuando se recibió el pedido, ni tampoco de la salsa que el chef decidid utilizar. Pero, eso si, el plato fue debidamente servido y el Mr. McFadden pagó la cuenta.
La eficacia de los arreglos de Maxim's para satisfacer a sus clientes resultaba notable. Un tendero de ultra­marinos provinciano, que había hecho fortuna a base de contratos militares, vino a Paris por una semana, sin su mujer, y acudió a Maxim's. La noche fue un éxito y el se aficionó a frecuentar el local. Su mujer no lo vio durante tres años. Solo entonces volvió a casa después de quedarse sin un duro.
La flor se marchita
En 1907 Eugene Coenuche y Chauveau vendieron el negocio a un grupo de empresarios londinenses que montaron una compañía británica, Maxim's Ltd, para administrarlo. Gustave Cornuche, hermano de Euge­ne, se hizo cargo de la dirección. Pero nada más cambió. Los caballeros de Europa y Estados Unidos iban y venían; James Gordon Bennett, Louis Renault, Caruso, Chaliapin. Los clientes bailaban la maxixe, el tango y el one-step. Maxim's se hizo mas y mas glamouroso. Franz Lehar lo convirtió en escenario de su opereta La Viuda Alegre, 1os dramaturgos escribieron obras de te­atro: Feydeau con su La Dame de Chez Maxim's, Mi­rands con Le Chasseur de Chez Maxim's. Maxim's y la Belle Epoque florecieron juntos.
Los pétalos cayeron en 1914. Durante la Gran Gue­rra, Maxim's, como una matrona, E2A, empezó a decli­nar. Consiguió mantener cierta alegría como lugar de encuentro para jóvenes oficiales de aviación, pero nunca volvió a ser lo que había sido. Los nombres que adornan este periodo de su historia son significativa­mente insignificantes: Mata Hari y Bolo Pasha, los dos ejecutados en Vincennes por espionaje. El embrujo de Maxim's se había evaporado.
El proceso continuo después de la guerra. Las sucesoras de Liane de Pougy y la Bella Otero eran muy femmes seules au bar. Empresarios tripones de oriente vinieron a ocupar la plaza de los Grandes Duques, y si bien el bar ganó dinero, el restaurante lo perdía. En 1932 un tal Octave Vaudable compró la mayoría de las acciones de la compañía londinense y se hizo cargo de la dirección, Como el primitivo Cornuche, Vaudable era un hombre con imaginación. Restaurador parisino, con gran éxito y experiencia, tuvo la astucia de adivi­nar que las acciones de Maxim's valían más de lo que podía sugerir el triste estado de las cuentas. Intuyo la existencia de una vasta reserva de fondos de comercio invisibles: los fantasmas de veinte años de Belle Epoque. Y puso a esos duendes a trabajar para el. Tras un periodo de ensayo, encontró la formula.
El segundo periodo de prosperidad de Maxim's se inaugura con la llegada del maitre Albert Blaser. Venía de Ciro's y era famoso antes de pisar Maxim's. Tenía sus propias ideas, muy rigurosas, sobre lo que los clientes debían encontrar en un restaurante a la moda. Y aporto no solo sus ideas sino tambien sus clientes. Se amoldaban perfectamente a Maxim´s, y los fantas­mas salieron a darles la bienvenida. Eran fantasmas de lo más educado. Nada de chicas desnudas cubiertas con salsa rosa, ningún Gran Duque bullicioso estre­llando vasos de champagne, ni Hugos con su siniestra libretilla negra; nada de grandes cocottes que inquieta­rían a las esposas respetables mientras cenaban tran­quilamente con sus maridos. Solo los recuerdos acogedores y agradables de aquellas cosas distantes, en su marco original. Maxim´s había aprendido a capitali­zar la nostalgia.
La guerra llegó otra vez, y Maxim's, que seguía siendo una empresa británica, fue puesto por Hitler bajo la su­pervisión comprensiva de Herr Horcher, un restaurador berlinés distinguido. Goring, Goebbels y otros nazis re­levantes venían a cenar con los espectros y a ser recibi­dos por su representante, Monsieur Albert. Maxim's había adquirido la categoría de un antiguo monumento. Todavia la tiene. Para los turistas estadounidenses de rentas más bien altas es indiscutible. ¿Es usted de Los Ángeles? ¡Que bien! Déjeme ser su guía.
Los dueños de Maxim's son ahora, en 1964, Louis Vaudable (el hijo de Octave) y su esposa Maggie, una licenciada en derecho por la universidad de Lyon. No pretendemos verlos; son gente encantadora, pero muy ocupada. Además de poseer el sesenta y cinco por ciento de las acciones de Maxim's Ltd, son proveedores de comida preparada para Pan American Airways, y en New Jersey tienen una empresa de salsas congeladas. Quizás podamos saludarles cruzando el restaurante.
El gran momento de Maxim's es la noche del viernes, cuando las mujeres lucen trajes de noche y los hombres deben llevar chaqueta formal. Es imprescindible que reserve mesa. Lo espero en el bar a las nueve y media.
El escenario de hoy
El bar esta arriba, donde estuvieron -por supuesto, ya no- las habitaciones privadas. A su lado hay un ce­nador llamado Imperial, con encantadora decoración, es el preferido por los más jóvenes y por los que en­cuentran la magnificencia de abajo un poco sofocante. Tomare un cóctel de champagne. Y, por cierto, quede claro que las bebidas en el bar (de precio moderado) las pagare yo. Usted pagara la cuenta de abajo.
Y ahora, si esta ya listo, bajemos y enfrentémonos con la música. En la entrada nos recibe el rechoncho monsieur Albert. Su papada tiembla casi imperceptible­mente mientras nos saluda en un ingles elocuente, con un toque de acento cockney, y decide donde sentarnos.
El restaurante esta dividido en tres partes; un pe­queño comedor en la entrada, uno grande detrás y un pasillo que los une, llamado el "Omnibus". El cuarto de atrás es para las celebridades, la nobleza, los millo­narios y los personajes muy a la moda; el Omnibus acomoda a los menos conocidos; la habitación de de­lante es para el resto.
Esa es la teoría, pero es Albert quien determina el sitio al que corresponde cada uno. Se ha dicho, lo sé, que tal decisión no tiene nada que ver con su status social o el peso económico, y que un billete de cinco mil francos conduce directamente al cuarto de atrás, justo al lado del ex-rey Pedro de Yugoslavia, si es allí donde usted desea estar. Esto es una falsedad mons­truosa, un infundio que solo puede proceder de un envidioso con traje mal cortado y sin un billete de cin­co mil francos. Pero no tenemos de que preocuparnos. Con usted viene su mujer, joven y atractiva, y esta increíblemente chic esta noche en este vestidito de mil dólares que le ha comprado en Balenciaga. Albert tiene ojo para el glamour. Ella será nuestro pasaporte.
El comedor Musical.
Eugene Cornuche decoró Maxim's en el estilo que nosotros llamamos modernismo o art nouveau, pero que los franceses, perversamente, describen en ingles como "modern style". Las paredes están salvajemente engalanadas con círculos y arabescos en madera oscu­ra y ornamentos retorcidos de latón lacado. Las lámpa­ras son tambien de metal siniestramente trabajado en forma de lirios acuáticos. Y para completar, están los murales lamentablemente famosos de Cheret y Capie­llo. Pasamos al lado del que representa una mujer grande, rosa-pálido, a punto de saltar al agua. Nos es­tamos acercando a la habitación trasera.
Ya dije que tendríamos que afrontar la música. No era solo un decir. La música procede de una orquesta de cuerda que estaría mas tranquila en casa, tocando una selección de los Cuentos de Hoffman. Mientras toca la orquesta, toda comunicación se lleva a cabo gritando o por senas. Y puesto que es tan difícil ha­blar, ¿por que no observar la gente alegre y cosmopo­lita que nos rodea?
Allí, entre los dos pilares, esta la legendaria mesa dieciséis. La princesa Margarita y el duque y duquesa de Windsor (Maxim’s sigue teniendo un no se que pa­ra la realeza) se sientan en esta mesa cuando vienen. Esta noche esta ocupada por un grupo que incluye a la señorita Marlene Dietrich. Todos, excepto ella, lo están pasando mal. Hay nada menos que cuatro fotógrafos inmortalizándola, y sus codos son puntiagudos. Un hombre de mediana edad de la mesa de al lado se esta enfureciendo porque uno de ellos be da golpes constantemente. ¿Quien más hay que valga la pena curiosear? Esa pareja decrepita de allí son un conde francés y su condesa. Son clientes habituales y vienen a poner­se ciegos de champagne cada noche. El hombre hipan­do el rincón es un irlandés misterioso. Allí esta Onassis, el magnate de los barcos, al que seguramente conoces ya. Y el resto -veo que ya has notado algo he familiar en ellos. lExactol Estaban todos contigo en el barco. La pareja de Hagerstown, Maryland, ese par en­cantador de Muncie, Indiana, y estos dos que están so­bornando a los fotógrafos para que les tomen una foto con la señorita Dietrich -los conoces a todos. Claro que las mujeres han visitado Dior y Balmain, y tienen un aspecto distinto, pero los hombres están exacta­mente igual. El que se ríe en la pista de baile, apuntan­do con una pistola imaginaria a su amigo mientras chasquea la lengua, ¿dijiste que era de Tejas?
Sí, aparte de la comida, es como estar en casa

Cuando la Metro-Goldwyn-Mayer Ilevó al cine La Viuda Alegre, pidieron a Lorenz Hart que adaptara el li­breto. Esto es lo que hizo cantar a Jeannette Mac Donald.
Adiós a ti Maxim´s
no creo en Ios sueños.
La noche fue esplendida
pero ahora la función ha terminado.
Te lo dejo a ti, Joujou
Cloclo, Margot, Froufrou;
El vino ha perdido su sabor.
Te dejo Maxims.
Seguramente Hart cenó allí una noche de viernes.
(Publicado en la desaparecida revista Archigula, Octubre 1998)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonita la leyenda. Embriagadora.
Como le gustaría a uno tener una maquina del tiempo.

Y, que se comía en Maxim´s

Anónimo dijo...

Muy bonita la leyenda. Embriagadora.
Como le gustaría a uno tener una maquina del tiempo.

Y, que se comía en Maxim´s

Apicius dijo...

Gracias Anónimo comunicante por su visita y comentario.
Al Maxim´s no se iba por la comida, sino por pasearse y dejarse ver en su comedor.
Saludos

David dijo...

Si bien hay muchos nombres iguales que pueden hacer referencia a diferentes lugares, sin lugar a dudas el nombre Ritz hace referencia a un solo lugar de la hoteleria en paris. He estado en Francia y es uno de los lugares más representativos de allí, en el que todos quieren conocer

Apicius dijo...

Gracias David por su visita y comentario.
Que pase un buen fin de semana.
Saludos