24 abril 2007

Chocolate y la barrera eclesiastica en el pasado

Para los países católicos como España y sus posesiones de ultramar, Francia y los diversos estados que integraban Italia, había una evidente mosca en la sopa... o en la chocolatera. Era la perenne cuestión de si tomar chocolate rompía el ayuno eclesiástico. En pocas palabras, ¿era una bebida o un alimento? ¿se limitaba a apagar la sed o también nutría el cuerpo? Si era alimento, además de bebida, los católicos practicantes no podían tomarlo en el lapso que iba de la medianoche a la santa comunión (en 1958 el Concilio Vaticano Segundo acortó el tiempo a una hora); ni podían beberlo en los días de ayuno que incluían los cuarenta días de la Cuaresma.
Los argumentos en pro y en contra de esta cuestión tornaron entre eclesiásticos y legos durante más de dos siglos y medio, y hasta llegaron a involucrar a algún papa; al respecto se ha escrito una cantidad enorme de material en su mayoría muy aburrido. Desde muchos puntos de vista todo era un simple refrito de argumentos similares que se habían planteado acerca del vino. Hasta las órdenes religiosas entraron a la refriega; los jesuitas (nada desinteresados, ya que traficaban con chocolate) afirmaban que no rompía el ayuno, y los puritanos dominicos, que por lo general fueron sus adversarios en todo ese periodo, opinaban lo contrario. Por ejemplo en las memorias del duque de Saint - Simon nos enteramos de que a Luis XIV sus consejeros jesuitas le recomendaban tomar chocolate los días de ayuno, tal como ellos mismos hacían, pero abstenerse de su costumbre de sopear el pan en él. El primer tiro de esta guerra lo disparó en 1591, en México, Juan de Cárdenas.
Afirmó que había dos maneras de interpretar la palabra "bebida":
1) Como cualquier cosa que pudiese beberse.
2) Como líquidos destinados a refrescar y apagar la sed.
En el primer caso podían molerse y añadirse toda clase de materias nutritivas. En cuanto al segundo, el agua simple funciona mejor. Ya que, según Cárdenas, la idea de "ayunar" es mortificar la carne negándole alimentos y líquidos que aplaquen la sed (por cierto, concepto muy cercano al del Ramadán de los musulmanes), el chocolate, en cualquier forma y en cualquier momento, rompe el ayuno.
En México esto les desagradó a muchas personas, incluido al virrey, que le pidió su opinión a fray Agustín Davila Padilla, quien dijo que ni el chocolate ni el vino rompían el ayuno. Con el tiempo, a instigación del procurador de la provincia de Chiapas (donde se originó esta bebida), un sacerdote de alto rango consultó con el papa Gregorio XIII, contrarreformista militante, quien celebró la noticia de la matanza de la noche de San Bartolomé con un Te Deum de San Pedro. El supremo pontífice dijo que no rompía el ayuno. En los siglos siguientes a otros papas se les pidió su consejo sobre tan sesudo asunto. Clemente VII, Paulo V, Pío V, Urbano VIII, Clemente XI y Benedicto XIV, y todos opinaron lo mismo.(corporativismo que se llama).
Ni siquiera eso impidió que los curas más puritanos trataran de prohibir el chocolate durante el ayuno. El argumento habitual era que nutre, porque una persona puede subsistir mucho tiempo con él y, desde luego, porque se podían moler y añadir toda clase de sustancias. A los que querían prohibirlo les proporcionó nuevas armas el español Juan de Solórzano y Pereyra, más o menos en 1629; a partir de la sospechosa descripción que hace Bernal Díaz del "banquete" de Motecuhzoma, Solórzano afirmó que el chocolate excitaba el apetito venéreo, "razón por la cual debe entenderse que trabaja en contra del ayuno pues éste se hace, como lo pide nuestra fe, sobre todo para no dar rienda suelta a los deseos lascivos" El autor más citado en la bibliografía posterior sobre este debate interminable es otro español, Antonio de León Pinelo, quien en 1636 escribió un libro sobre esta cuestión. No obstante la obra trasciende su tema, porque León Pinelo da detalles sobre la producción, así como recetas para preparar la bebida; tiene un gran conocimiento sobre el cacao, el chocolate y diversos autores que escribieron sobre éste. Llega a la razonable conclusión de que la solución al problema teológico depende de cuánto material alimenticio se añada; si es mucho , es nutritivo, pero si el chocolate se prepara con agua simple no es más que una bebida, y por lo tanto resulta lícito tomarlo durante el ayuno. En 1645 adoptó una postura intermedia similar otro español, Tomás Hurtado, que tenía una cátedra de teología en la Universidad de Sevilla; mientras no se agregase más que agua, sin leche ni huevos, estaba bien. Curiosamente Hurtado sostiene que es permisible la adición de maíz molido, pero no la de "harinas extrañas" (es decir extrañas para el México nativo del chocolate), como la de habas o la de garbanzos, única referencia que hemos encontrado a la adulteración del chocolate en la era barroca.
Esta visión más liberal fue recogida nuevamente en 1664 por el italiano Francesco Maria Brancaccio. Definitivamente el chocolate es nutritivo, dice, si se le añaden cosas como migajas de pan (como se hacían en España), o si se come en forma sólida. Pero si se lo mezcla sólo con agua, evidentemente es una bebida, igual que el vino, permitido a lo largo de diez siglos por la Iglesia occidental durante el ayuno. La bebida es una medicina benéfica que "restaura el calor natural, genera sangre pura, reanima el corazón, conserva las facultades naturales" y demás. El ayuno es una ley eclesiástica, no divina... y tiene que cambiarse para darle cabida a esa excelente bebida.
Por esas reconfortantes palabras a Brancaccio le dieron un birrete de cardenal.
Antes de abandonar este debate tenemos que terminar con el que nos parece el argumento más elocuente en contra de la expulsión del chocolate de la mesa durante el ayuno. Lo relata Giovanni Batista Gudenfridi, en una obra publicada en Florencia en 1680, específicamente como respuesta a un panfleto antichocolate de un tal Francesco Felini, quien aseveraba que eran tanto un alimento como un afrodisíaco. Aquí el astuto Gudenfridi contraataca con una narración de la vida de esa santa dominica, santa Rosa de Lima, la "Virgen de Perú"
Se nos dice que un día, tras muchas horas de una ardiente elevación espiritual, la Joven Santa (Santa Fanciulla), sintiéndose desvanecer, sin aliento y debilitada del cuerpo, vio a su lado a un ángel, que le entregó una tacita de chocolate, con el cual ella recuperó su vigor y sintió volver sus fuerzas. Le pregunto al señor y caballero Felini ¿que piensa de este ángel? ¿cree que es un ángel de oscuridad o de luz? ¿bueno o malo? No puede considerarlo malo sin agraviar, por decir lo menos, la confianza que se le debe al historiador. Pero, si era bueno, ¿cree acaso que si el chocolate fuese un veneno para la castidad, el ángel se lo hubiese llevado a una virgen de Cristo? Si el chocolate inyecta en las venas de quienes lo beben el espíritu de la lascivia, ¿piensa que el buen ángel le hubiese dado tan siguiera un sorbito a una doncella que era un templo del Espíritu Santo? ¿Le parece que si el chocolate merece el nombre de líquido diabólico Dios ordenaría, o permitiría, que por la mano de sus ángeles se le diese tal bebida a una de sus desposadas?

Publicado en news es.charla.gastronomia por mi buen amigo Pancracio Santos 7-10-02

2 comentarios:

Pedro e Freile m dijo...

¿Podrían poner la bibliografía que originó este artículo? Porque no le encuentro mucha historicidad, aunque no soy experto en el tema chocolatero.

Apicius dijo...

Hola Pedro e Freile:
El articulo no es mio y me lo cedió mi buen amigo Pancracio que me autorizó su publicación, como figura al final del articulo, así que no se con exactitud las fuentes consultadas, por Pancracio.
Por lo que veo al re-leelo y dentro de mis cortos conocimientos no veo inexactitudes de "BULTO" aunque alguna puede haberla.
Seria tan amable donde encuentra inexactitudes para orientar mi investigación?
Gracias por su comunicado y sobre todo por leerme.
Saludos